Estoy sentada en el Cerro de la Campana, si... a sus faldas. Resulta que la tecnología que tu tanto te negaste a entender -por tu teoría de que tanta modernidad te alejaba de la vida cotidiana- me permite escribirte ahora, frente a mi marinola rosa con la que me río sola, como llamarías afectuosamente a mi laptop, que por cierto, tu me regalaste.
Tenía que estar aquí, en nuestra tierra, para terminar de celebrar tu cumpleaños. Ya han pasado los cinco días reglamentarios de fiesta, que si yo pudiera establecería como "nacional". Anoche estuve con los tíos, primos, hermanos y algunos sobrinos tuyos, brindamos en tu honor, en el pueblo les sigues haciendo mucha falta.
Estamos a 34°, se ve un poco nublado y no tardará en bajar la temperatura y caer la neblina, ¿recuerdas que me daba miedo cuando era pequeña, y que tu me decías que era el cielo que bajaba a besarnos por las noches antes de dormir?
El aire huele a ti, mi estimada amiga, los verdes del campo y los árboles se entremezclan para recordarte. Creo que este año, están más bellos por ti, tengo la teoría de que desde el cielo te has vuelto paisajista y estás arreglando los caminos que recorro, para que no me sienta sola y siempre te tenga presente.
Galdina, te confieso que me siento triste desde tu partida, eso tu lo sabes bien, siempre supiste que en el momento en el que nos separáramos una parte de mi te la llevarías. Te extraño en las mañanas cuando me despierto y no escucho tu voz dando instrucciones sobre como debe ir el desayuno y el orden de las cosas en la mesa. Te extraño por las tardes cuando con tu taza de café te sentabas en el sillón a leer La Jornada, El Universal o un buen libro. Te recuerdo por las noches cuando me decías "pónme una película de mi Clint Eastwood" y recuerdo como caías rendida horas después en tu cama, pero siempre después de ver que mi madre y yo estuviéramos bien.
Usted doña Galdina, es la responsable de mis ideas, la responsable de mi terquedad y mi mal genio, de que siempre se tuviera que hacer mi voluntad y de que nunca deje de intentar las cosas hasta que me salgan bien. Pero también eres la responsable de mi romanticismo, de mi amor por los boleros, de mis sueños irremediables, de la ternura en mis movimientos y de la firmeza en mi lealtad. Eres la autora de mis mejores cualidades, porque las aprendí de ti, porque te vi vivirlas.
Contigo "adiós" fue la palabra más triste que he escuchado en mi vida, adiós significó la última vez que te sostuve entre mis brazos, pero puede ser que en el cielo, exista un mar y que estés tu a la orilla esperándome, para que un día nos reunamos nuevamente.
Pero si no, si no nos volvemos a ver, si este destierro al que la vida me ha orillado es eterno, pediré entonces un deseo, de esos que me enseñaste a pedir, con los ojos cerrados para que se volviera realidad: que en tu camino y el mío, nunca nos olvidemos, y siempre sepamos que a través de tiempo y distancia, nuestro amor nunca se va a terminar.
Te extraño abuela, madre, amiga, consejera, te extraño con la precisión con la que me enseñaste a decir: "solo llora una lágrima, pero bien llorada" y ahora esa lágrima rueda por mi mejilla, una solamente, por ti.
Traje tu libro, no creas que lo he olvidado. Por si tienes la vista ocupada en alguna maravilla de este mundo o del universo, te aviso que es "Anhelo de Vivir", este también lo vamos a discutir un día, pero por ahora, te lo dejo en nuestro lugarcito, para que cuando tengas un tiempo vengas a leerlo en la quietud que tanto te gusta.
Dale a mi abuelo un abrazo por mi, y dile que su niña también lo extraña todos los días.
Hasta siempre abuela...
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